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The Hidden Blade: La espada oculta (Yôji Yamada, 2004)

The Hidden Blade: La espada oculta (Yôji Yamada, 2004)

The Hidden Blade: La espada oculta imagen destacada
Imágenes vía Notro Films
Sumario

Excelente retrato de una época remota.

Cine japonés

El cine japonés ha demostrado tener unas temáticas recurrentes que se han ido repitiendo a lo largo del tiempo de la mano de diferentes generaciones de directores. Sin excavar muy a fondo, tenemos el costumbrismo familiar de Yasujirô Ozu –“Primavera tardía” (1949), “Cuentos de Tokio” (1953) o “Flores de equinoccio” (1958)-, o también los dramas sociales de Akira Kurosawa – “El idiota” (1951) o “Vivir” (1952)-. Más recientemente, podemos seguir con el cine de Kiyoshi Kurosawa –“Tokyo Sonata” (2008)- o las denuncias sociales de Hirokazu Koreeda –“Nadie sabe” (2004) o la reciente “Un asunto de familia” (2018)-. 

La otra gran temática son los chambara. Es el equivalente japonés de los westerns en cuanto a su habilidad de transportarnos a una época lejana y remota, retrato de la historia y desarrollo del país del Sol Naciente. Siguiendo con el paralelismo, del mismo modo que Hollywood supo exprimir ese género durante décadas, lo mismo hizo Japón con su pasado, produciendo innumerables producciones con todo tipo de historias y calidades, siendo uno de sus máximos exponentes el cineasta Hiroshi Inagaki con títulos como “47 ronin” (1962) o la trilogía del Samurái (1954-1955-1956), la cual narraba la leyenda supuestamente real del samurái Musashi Miyamoto. Esto es, sin olvidar las imprescindibles, pero menos numerosas, aportaciones de Kurosawa, a destacar “Los siete samuráis” (1954), “Yojimbo” (1961) o “Kagemusha” (1980).

The Hidden Blade: La espada oculta, de Yôji Yamada
The Hidden Blade: La espada oculta, de Yôji Yamada

Samuráis del siglo XXI

Durante las dos últimas décadas se pueden encontrar aproximaciones que han intentado reconciliar ambas historias. Son títulos que ponen en conflicto el susodicho honor del samurái, con el honor de ser, simplemente, un hombre. Aún más, un hombre de familia. Ahí están “La espada del samurái” (Yôjirô Takita, 2002), “Hana” (Hirokazu Koreeda, 2006) o, yendo ya directo al grano, el tríptico de películas de samurais del cineasta Yôji Yamada. Y, para nuestro caso, “The Hidden Blade: La espada oculta” (2004).

The Hidden Blade

Como bien dictan las costumbres, se considera “La espada oculta” como la segunda entrada de tres películas conocidas como la “trilogía del samurái” (diferente a la de Inagaki), porque Yamada decidió realizar tres títulos basados en los samuráis, del mismo modo que podría haber hecho dos o cinco. Aquí la acepción de trilogía es más un nombre comercial que una realidad, pues el nexo de unión es puramente temático. No guardan lazos argumentales, ni de personajes, y el orden de visionado puede ser aleatorio.

La historia se centra en Munezô Katahiri (Masatoshi Nagase), un humilde samurai que vive apaciblemente en la aldea de Unasaka junto a su madre, su hermana y una joven sirviente llamada Kie (Takako Matsu). Aunque hay una atracción mútua entre ellos dos, las rígidas costumbres de las clases sociales impedirán que puedan mantener una relación, pues alguien con un título honorífico como el de samurai no puede comprometerse con una persona considerada de clase baja. Pasará un tiempo, Kie se irá para casarse y Munezô vivirá para dar servicio al señor de su clan. Sin embargo, la tranquilidad del protagonista se verá quebrada cuando se entere que Kie está siendo maltratada por su marido, y cuando le den la noticia de que un antiguo compañero de espada llamado Yaichirô Hazama (Yukiyoshi Ozawa) ha sido acusado de conspiración contra el señor del clan al que juró lealtad.

Masatoshi Nagase y Takako Matsu
The Hidden Blade: La espada oculta, de Yôji Yamada

Yôji Yamada

Hay algo realmente majestuoso en las tres películas. Más allá de compartir un patrón dramático parecido, la dirección de Yamada sobresale por encima de todo en todas sus tareas: la cuidada planificación y puesta en escena, la dirección de los actores, la atención al detalle, el tono y sensibilidad tan única que otorga… En “La espada oculta” se consigue un buen equilibrio entre el cine contemplativo, los efectismos del cine occidental y las películas más melodramáticas. Se trata de una película de tempo pausado y tranquilo, con muy pocos sobresaltos, como si hubiera una intención de plasmar el estilo de vida pacífica que busca la idea del samurai. Ello se traduce en una planificación limpia y serena, preocupada en mostrarnos la vida costumbrista de esa época de Japón, cayendo a veces en un realismo casi de documental.

Incluso las obligatorias escenas de acción están realizadas con la misma mirada. Quitar una vida es un acto trascendental. Yamada es consciente de ello y decide rodar esas escenas con solemnidad, para hacernos sentir el peso de quitar una vida. De este modo, la acción es sublime, igual de pausada y serena que el resto de la película. Está rodada en planos fijos para dejar lucir unas coreografías de órdago, ejemplares de lo que es capaz de ofrecer este tipo de situaciones. Seguramente debido a que los enfrentamientos en “La espada oculta” se pueden contar con media mano, cuando llegan tienen un efecto doblemente poderoso. Porque el director japonés se muestra más preocupado en explorar la sociedad durante la última época del periodo Edo que en narrar las epopeyas de algún samurái, mostrando tanto las sombras como las bellezas del momento.

Ken Ogata en The Hidden Blade: La espada oculta
The Hidden Blade: La espada oculta, de Yôji Yamada

Retratando una época y cultura

En esta película nos presentan unos personajes con demasiadas responsabilidades mundanas como para irse a vivir aventuras a través del país. Es en este marco que resulta interesante la presentación de un personaje como Munezô. Igual que sucede en las otras dos películas de la trilogía, se trata de un personaje que ve enfrentada su integridad moral al ver chocar su honor como hombre con el estricto código de honor de todo samurái. Recordemos que esta figura tiene un propósito vital tan humilde como positivo: ser un ejemplo popular a partir de su conducta. Pero Munezô se ve envuelto de una tradición decadente. En una sociedad en la que se puede comprar fácilmente un título de honor, ya no son muchos los que se aferran de corazón a ese tipo de vida.

Junto a esto, ve a su alrededor como la cultura que lo ha curtido está en fase de extinción. Aires de cambio vienen de occidente. Mientras unos lo ven como un brisa agradable y necesaria para avanzar, otros lo ven como un tornado con la voluntad de arrasar con lo que se encuentre en su camino. Más que enfocarlo desde un punto de vista trágico, Yamada decide aprovechar el choque cultural para dar a “La espada oculta” unos puntos cómicos. Un instructor japonés recién llegado de Occidente enseñará a la sociedad como utilizar armas de fuego. Les enseñará el desfile militar y a caminar, básicamente, como un guardia inglés. A través del humor Yamada nos mostrará como una tecnología ajena termina de corromper una cultura tradicional ya disfuncional por sus malas prácticas por parte de la gente con poder.

Imagen de The Hidden Blade: La espada oculta
The Hidden Blade: La espada oculta, de Yôji Yamada

El honor del samurái

Aquí se encuentra otro de los conflictos del film. Viendo la corrupción en el sistema y aquellos con más poder, Munezô no puede evitar sentirse aprisionado por una rigidez en las clases sociales que no hacen más que restar en su vida. Por una parte, la obediencia hacia su clan le obliga a acatar órdenes de una moralidad cuestionable del jefe Hori (Ken Ogata), un líder falto de integridad. Por otra, algunos compañeros le miran mal por seguir soltero a su edad. Y no lo es tanto por falta de ganas, sino más bien por restricciones sociales: un samurai no puede casarse con una “vulgar” sirviente. En este caso con Kie.

La relación entre Munezô y Kie es el gran corazón de “La espada oculta”. Se trata de una relación muy tierna, donde cosas como los gestos, las miradas y los silencios roban protagonismo a los diálogos para presentarnos un afecto mutuo muy puro. Cuando el protagonista descubra el maltrato al que Kie está sometida, deberá escoger entre lo justo y correcto, y su lugar en el clan. Una decisión que tendrá mayores repercusiones cuando Hazama vuelva a entrar en su vida, y cuando la falta de dignidad de su superior sea la gota que colme el vaso.

Lo realmente sorprendente despues de todo lo expuesto, y conociendo la obra del autor, es que a pesar de la contraposición del honor con la corrupción, y los esfuerzos del protagonista por ser siempre honrado, justo y generoso en un marco corrupto y cambiante, Yamada consigue terminar la historia en un tono esperanzador.

La espada oculta, de Yôji Yamada
The Hidden Blade: La espada oculta, de Yôji Yamada

Un referente del género

Todo en “La espada oculta” raya en un gran nivel. Tiene una maravillosa composición de Isao Tomita, de notas románticas como en “Returning Home” “Looking for Shintenchi” o, directamente, esa suite que es “Prelude, Sunrise”. Contiene un trabajo de fotografía de Mutsuo Naganuma que apuesta por la claridad y la naturalidad, sin artificios ni looks visuales modernos. Incluso las excelentes interpretaciones de su reparto son comedidas, todo acorde con el tono sobrio y solemne buscado por Yamada.

Se trata de una película imprescindible para todo cinéfilo y amante de este género cinematográfico. Es sin lugar a dudas una de las mejores películas del siglo XXI, calificativo que se aplica tanto a esta como a los otros dos títulos que realizó Yôji Yamada sobre la vida del samurái: “El ocaso del samurái” (2002) y “El catador de venenos” (2006).

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