
«Un joven jedi llamado Darth Vader, que fue discípulo mío hasta que se desvió al mal, que ayudó al Imperio a perseguir y exterminar a los caballeros jedi, fue el que traicionó y asesinó a tu padre». Obi-Wan Kenobi a Luke Skywalker en “La guerra de las galaxias” (George Lucas, 1977)
La tragedia de toda precuela
Cuando George Lucas anunció la realización de una nueva trilogía de películas basadas en Star Wars, narrando los sucesos previos a las películas originales, ya existía una idea muy clara de cómo terminaría la nueva historia. Una historia cuyo desenlace se desarrolla en ésta “Star Wars: Episodio III – La venganza de los Sith” (2005). Por tanto, su intención dramática ya no se trataba tanto del “qué” como del “cómo”. Su preocupación no consistía tanto en continuar una historia, si no en completar una ya conocida. Cuando uno de los mayores ganchos de la ficción, sobretodo para el público mayoritario, gira alrededor de cómo termina un relato; llenar, ya no una, si no tres películas de un contenido lo suficientemente atractivo e interesante como para paliar la falta de incertidumbre sobre el desenlace de todo; no es tarea fácil.
En esta tesitura seguramente se encontró Lucas al inicio del desarrollo de la infame “Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma” (1999); y seguramente también a la hora de desarrollar esta tercera entrega. Un final de trilogía cuyo desenlace ya estaba largamente planteado, y solo restaba disfrutar de cómo se desarrollaban los acontecimientos. En este caso, la cadena de sucesos aquí narrada giran alrededor de una idea central: la tragedia. Y, como en toda tragedia, se necesita una grieta por la que empezar a resquebrajarse todo. En «La venganza de los Sith«, esa grieta es la desconfianza. Sus ramificaciones serán tan imprevisibles para los personajes que las sufren, como inevitables para los espectadores más avezados.

El crepúsculo de los héroes
En “Star Wars: Episodio III – La venganza de los Sith”, la discordia crece entre la República y la Orden Jedi dado el desarrollo de las Guerras Clon. El caballero Jedi Anakin Skywalker (Hayden Christensen) tendrá que tomar decisiones drásticas cuando tenga una visión sobre Padmé Amidala (Natalie Portman), su mujer.
Durante su primera mitad, la narración ofrece un buen equilibrio entre drama, aventuras y espectáculo. El director y guionista George Lucas presenta correctamente a los personajes, los múltiples conflictos o el estado de la galaxia. En resumen, pone todas las fichas sobre la mesa para el inevitable clímax trágico que, quien más quien menos, conoce. Así, crece la tensión entre Anakin Skywalker y su entorno próximo. Los discursos de la Orden Jedi encabezada por Yoda (voz de Frank Oz) y Mace Windu (Samuel L. Jackson) parecen más propios de villanos que de héroes. Los motivos detrás de las acciones del aclamado Senador Palpatine (Ian McDiarmid), líder de la fracturada República, parecen cada vez más turbios; y su maestro y amigo Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor) hace lo que puede para apoyar a su discípulo, aunque finalmente sea otra víctima de las corruptas exigencias gubernamentales.
Todo ello ahoga al joven protagonista en un mar de desconfianza y aflicción dados los lazos que le unen a todos ellos. No ayuda mantener a escondidas una relación sentimental con Padmé Amidala dado que a los Jedi no les está permitido amar. El punto de inflexión que romperá la fragilidad emocional de Anakin será una visión de su mujer sufriendo. Presuntamente a punto de morir. Lejos de quedarse sentado preocupándose, el joven protagonista emprenderá en una búsqueda de una posible resolución de su conflicto. Una pesquisa que sacará a relucir los verdaderos colores de las diferentes fuerzas operando en los altos poderes. Y, en su encrucijada, Anakin tomará una decisión que cambiará su destino, y el del resto de la galaxia.

Referencias multiculturales
Tras un prólogo pirotécnico, un manto amargo se apodera de la película a medida que se narra como cada bando se aprovecha para sacar tajada de la posición especial de Anakin. El drama denota su choque de emociones al ser un simple títere en un mar de conspiraciones que no permiten distinguir la línea que separa al bien del mal. Así, cuando llega el gran momento decisivo de la propuesta, incluso se puede entender la decisión del protagonista, a pesar de las obvias manipulaciones.
Más que ninguna otra película de la franquicia, “La venganza de los Sith” adquiere una dimensión trágica y operística que, nuevamente, entra dentro de las referencias de la que la franquicia ha hecho gala a lo largo de las décadas. Desde tragedias como “Macbeth” (William Shakespeare, 1606) a óperas wagnerianas; en el desarrollo dramático de la propuesta Lucas juego con varios puntos clásicos: la existencia de un destino terrible e inevitable, la presencia de profecías y visiones, manipulaciones externas; como elementos narrativos. En la parte operística, se pueden encontrar sentimientos extremos, destinos inevitables, sacrificios o conflictos familiares. En resumen, Lucas vuelve a demostrar su genio para combinar influencias muy diversas dentro de un mismo relato.
Todas ellas unidas a las influencias iniciadas en “Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma” (1999): los paralelismos con el peplum clásico y el fin de la República romana, el ascenso de dictaduras y, sobretodo, una mayor presencia de rasgos de cine bélico: campañas militares simultáneas o generales repartidos por distintos frentes, entre otros. Tras seis películas (en su momento de estreno), la galaxia nunca se había sentido tanto como un escenario de guerra total como vemos aquí por primera vez.

Entre la tragedia y el melodrama
Como ya se ha apuntado en este texto, hay un mid point clave en la película. Las acontecimientos se precipitan hasta el final a partir de ese suceso. En definitiva, la película se tuerce inexorablemente… Y lo hace en más de un sentido.
Como ya había sucedido en las dos entregas previas, la ambición de Lucas hacia estas nuevas películas han estado muy por encima de sus habilidades como director y guionista. Consecuentemente, cuanto mayores sus necesidades dramáticas, más se denotan sus carencias en ambos aspectos. Así, siendo “La venganza de los Sith” la entrega de la saga con un mayor peso dramático, más se notan dichas flaquezas en la ejecución de la propuesta. Llegados a esa segunda parte de la narración, los personajes empiezan a moverse por exigencias narrativas más preestablecidas que por nada que se haya narrado a lo largo de la película.
No hay nada más sangrante que el cambio radical que sufre el personaje interpretado por Christensen. Puede que simplemente nos tengamos que dejar llevar por la premisa y disfrutar del tono apocalíptico de las imágenes y, sobretodo, de la música, porque dramáticamente resulta muy poco coherente con lo presentado hasta ese punto. Puede que se deba a la intención de Lucas de llevar la saga a términos operísticos, cuya lógica emocional se basa en emociones extremas, sin ambigüedad ni medias tintas.
Sea como sea, en general, se resume y simplifica unas cuestiones complejas que definen el camino que decide seguir Anakin, y finalmente todo se va al traste por una mala ejecución. Lucas comprende la dimensión mítica, operística y trágica de la historia. Pero cuando llega el momento de convertir esas ideas en drama humano concreto, la película se resquebraja.

Los límites de una revolución
A estas alturas, poco más se puede decir sobre las funciones de Lucas como realizador. Como ya sucediera en “Star Wars: Episodio II – El ataque de los clones”, la puesta en escena vuelve a estar superpuesta a las necesidades del CGI, en su día revolucionario. Vuelve a haber un gran gusto estético a la hora de componer, pero falla en la presentación de los elementos que van pasando por pantalla. Además, al CGI le pesan los años que han pasado desde el estreno de la película, pues han envejecido bastante mal… Como ha sucedido con tantas propuestas de la primera tongada de producciones grabadas en digital y con gran contenido CGI.
Dicho esto, Lucas demuestra pericia a la hora de presentar las espectaculares batallas bélicas de la película. Una pericia que se extiende a cuando la acción sucede en planetas exóticos. Hay varios momentos bien ejecutados en todos los aspectos que no solo sobresalen a nivel cinematográfico, sino que además hacen recordar la magia y misticismo de la consagrada trilogía original. Mucho se ha rumoreado desde su estreno sobre una posible ayuda de Steven Spielberg para algunos momentos clave de la película. La inventiva visual y el modo de mover la cámara de esos momentos está a años luz de cualquier cosa vista en los dos capítulos anteriores.

Los héroes tras las cámaras
Asimismo, la película es todo un acierto en varios frentes. Entre ellos el nuevamente espectacular diseño de producción de Gavin Bocquet con planetas y personajes de todo tipo que amplían el ya inmenso universo de Star Wars. Los efectos especiales convierten la película en casi una de animación. Pero las secuencias de acción son tremendamente espectaculares en su amplitud dramática, y cuando se lo propone Lucas ciertamente sabe cómo hacer conmover. Si Bocquet se encarga de la parte visual, cabe mencionar también el diseño sonoro de Ben Burtt, quien logra dar verosimilitud a todo cuanto se ve en pantalla. El especialista ha trabajado en la franquicia desde la primera “La guerra de las galaxias”, por lo que la combinación de veteranía y creatividad resulta inmejorable.
John Williams es otra constante de calidad, y por tanto aquí vuelve a dar lo mejor de sí. “Battle of the Heroes”, “Anakin’s Betrayal”, “Anakin’s Dark Deeds”, son temas llenos de tragedia y dramatismo. “Palpatine’s Teachings” utiliza sintetizadores y crea una canción hipnótica y tétrica, muy acorde con lo que sucede en ese instante; “Padmé’s Ruminations” mezcla el romanticismo de “Across the Stars” con lo trágico de los primeros temas comentados. Los temas finales de la película siguen teniendo el mismo tono dramático, empañados por otra parte por un tono esperanzador para no terminar con una nota tan pesimista.

La sombra de una gran película
“Star Wars: Episodio III – La venganza de los Sith” es en definitiva la película más ambiciosa de la saga. Tan trágica como entretenida, pero también tan fallida en lo dramático como efectiva en lo trágico. La película entiende perfectamente la tragedia que quiere contar, pero no siempre sabe cómo dramatizarla. En todo caso, quizás sobresale el potencial total de la propuesta, algo desaprovechado. Como sucediera en los dos capítulos anteriores.
Puede que sucumbiera ante el peso de tener un final preestablecido por los acontecimientos del título original. Puede que Lucas necesitara una mayor ayuda externa. Una historia de semejante dimensión quizás exigía un mayor equilibrio entre la ambición de sus ideas y la ejecución de las mismas.
Sea como sea, el tono trágico de la película no se limita a lo que sucede durante la narración, sino que se extiende por toda la trilogía de precuelas que deberían, y podían, haber sido mucho más satisfactorias.
