
Una odisea en América
Sergio Leone inició su ahora conocida Trilogía del dólar con un retrato sucio, inmoral e incluso violento del lejano oeste. Se trataba de un tono alejado de la visión más romántica del western americano, pues los personajes de Leone son moralmente más ambiguos que los héroes fordianos o hawksianos. Es posible que la visión de Leone sobre el western llegue a su culmen con el cierre de la susodicha trilogía. La epopéyica “El bueno, el feo y el malo” (1966).
Esta propuesta del director italiano se coronaría por todo lo alto en la que se considera un tríptico que gira alrededor de la figura mística de Clint Eastwood. Ese misterioso cowboy, unas veces justiciero, otras mercenario; desconocido por todos aquellos que lo conocen, pero que, sin ni tan solo buscarlo, deja profunda huella a todos aquellos que pasan por su camino. En “El bueno, el feo y el malo”, se sigue a los tres personajes del título. Respectivamente, Blondie (Clint Eastwood), Tucco (Eli Wallach) y Angel Eyes (Lee Van Cleef). Son tres individuos que emprenden en una odisea a lo largo de una Norteamérica devastada por la Guerra Civil para desenterrar un cuantioso tesoro escondido.

El western según Italia
No sería raro catalogar “El bueno, el feo y el malo” de obra maestra y uno de los grandes referentes del género. En “Por un puñado de dólares” (1964) el director Sergio Leone marcó un antes y después en el modo de retratar la vida en el viejo oeste. Además, dio pie a que se empezaran a respetar los westerns producidos fuera de los Estados Unidos. En su condición de retrato histórico de un país, se miraba por encima del hombro cualquier aproximación al género realizado fuera de sus fronteras. Posteriormente, el director italiano repetiría la jugada y refinaría un estilo a día de hoy característico con “La muerte tenía un precio” (1965).
Al fin y al cabo, tanto Leone como otros directores italianos como Sergio Corbucci (“El gran silencio”, 1968) o Giulio Petroni (“De hombre a hombre”, 1967) firmaron sus películas en un momento cuando el western americano ya se encontraba en su etapa crepuscular del género. Pocos años antes de esta “revolución” italiana llega a las salas títulos como “El hombre que mató a Liberty Valance” (John Ford, 1962). Título que ya presentaba una visión algo desencantada del cowboy. Posteriormente, durante los últimos años de la década de los 60 se estrenan propuestas como “Valor de ley” (Henry Hathaway, 1969) o “Grupo salvaje” (Sam Peckinpah, 1969). Ambas presentarían una visión radicalizada del vaquero. Directamente opuesta a lo presentado durante mucho tiempo en la gran pantalla.
Todo ello redundaría en una tradición de western italiano que llevaría a varias estrellas del nuevo continente a cruzar el charco para buscar suerte en el cine italiano. A pesar de las reticencias iniciales de parte de la crítica americana, el tiempo pondría este tipo de cine italiano en su lugar.

Cine en estado puro
Las salas de cine fueron concebidas para proyectar películas en pantallas gigantes. Sin embargo, no son muchas las que aprovechan los planos para la minuciosidad que eso conlleva. Leone planifica y ejecuta buscando la maestría, y aunque sería en “Hasta que llegó su hora” (1968) donde alcanzaría su máxima perfección, en “El bueno, el feo y el malo” ya deja testimonio de porque a día de hoy se le considera uno de los más grandes del cine. En sus planos hay un perfecto equilibrio entre los elementos en juego con el tempo pausado de la narración. El director busca que el espectador se pierda en los paisajes que retrata. Busca que uno se sienta amenazado por los primeros planos de unos personajes tan despiadados que podrían asesinar con la mirada.
Hay un esteticismo marcado en su cine. Aunque bien es cierto que se le podría etiquetar de gratuito en su exceso, lo cierto es que no es difícil caer rendido ante la magnificencia de la técnica ejercida aquí por Leone. Si no se la puede reducir a un ejercicio puramente estético, es por cómo las imágenes se utilizan para narrar algo. Ya sea la pobreza o tristeza reflejada en los rostros de pueblerinos, o la destrucción sin tregua de una Guerra Civil que, como cualquier otra, no tiene justificación alguna ante la matanza descarnada de personas inocentes.
Gracias a la mezcla del tempo pausado y la perfección de las composiciones, Leone puede jugar con el suspense en las múltiples escenas donde se requiere jugar con este recurso dramático. Gracias a todo ello, la propuesta tiene uno de los mejores clímax finales jamás realizados en un largometraje.

No es país para héroes
En “El bueno, el feo y el malo” tenemos un película sucia, poblada por personajes perversos y alejada del romanticismo del western americano. Aunque el título hace referencia a un bueno (Eastwood), un feo (Wallach) y un malo (Cleef), en esta historia hay más lugar para villanos que para héroes. Durante las casi tres horas de duración vemos como ese trío protagonista cruza fronteras, trincheras e hileras de soldados americanos movidos solamente por su sentido de la avaricia.
Poco les importa los acontecimientos trascendentales que ven ante sus ojos, su único combustible es poder encontrar el tesoro antes que los demás, como si se trataran de tres dioses pasando por encima de los problemas “mundanos” de los seres humanos. Es solo al final que Blondie muestra un poco de humanidad con su trato hacia los soldados o perdonando la vida a Tucco, erigiéndose así como el “bueno” al que hace referencia el título.
Lo mismo aplica al retrato general de la Guerra Civil Americana. Se muestra una imagen desoladora y apática del conflicto. Uno donde nadie parece entender por qué están luchando ni las finalidades de todos sus esfuerzos, pérdidas y mutilaciones. Por un país orgulloso de sus victorias, se presenta aquí una idea mucho más absurda de un conflicto tan importante para su historia como es ésta guerra. Quizás por todo ello el único punto en común del trío protagonista termina siendo la mirada crítica hacia todo el sinsentido que presencian. Además, quizás también enfatiza que en el universo de Leone no hay héroes, solo supervivientes.

Los rostros del spaghetti western
Visualmente, la fotografía apuesta por un aspecto visual igualmente sucio, con un grano que más que restar suma a la totalidad de la película. Abarca unos parajes inmensos y perfectamente retratados que poco tiene que envidiar a las superproducciones de Hollywood de la época, a pesar del limitado presupuesto del que dispuso Leone. El director juega mucho con los silencios y las miradas, y en este punto resulta muy importante el excelente trabajo de casting. Está documentado que Leone revisaba hasta el dedillo los secundarios que pueblan sus películas, y tenemos ejemplos cómo los cowboys/forajidos de mirada asesina o los buenazos/tontos, que sobresalen más por sus semblantes que por sus actuaciones.
Los personajes de Eastwood y Cleef no tienen ningún fondo dramático (ni lo necesitan) y sus interpretaciones tampoco son merecedoras de elogios. Nos encontramos en un caso en el que sus simples presencias físicas y miradas hablan por si solas. Hacen que sus personajes sean irrepetibles y no se puedan concebir con diferentes actores. Cosa distinta sucede en el caso de Eli Wallach: es el personaje más humano del trio principal y tiene la mejor interpretación. Da rienda suelta a todas sus habilidades como actor para ofrecer algo diferente en cada plano en el que sale. Él es el “feo” que da nombre a la película y, a pesar de ser un personaje desagradable, al final se hace difícil odiarle.
Se presentan perfectamente a los tres personajes al principio de la película para dejar claro que papel cumple cada uno, y durante más de dos horas les vemos relacionarse entre ellos llegando a un final apoteósico en el que solo uno saldrá victorioso.
Ennio Morricone y la música de El bueno, el feo y el malo
En la memoria quedan escenas como la tortura de Tucco, el tiroteo en la ciudad abandonada, toda la secuencia en el puente (“I had never seen so many people wasted so badly”, dice el personaje de Eastwood), éste dándole su cigarro a un soldado moribundo de la Unión, o el susodicho final. Esta escena concretamente podrá ser analizada hasta la saciedad, pero es solo tras haber vivido las más de dos horas de metraje que consigue además un nivel dramático que te mantiene fijo en el asiento. Pocos clímax son tan potentes como el de “El bueno, el feo y el malo”.
Cabe destacar también la magistral banda sonora de Ennio Morricone. El tema principal de la película forma parte ya de la cultura popular, aunque quizás no se sepa de entrada cual es el origen real de esa canción. Poco se puede decir del conjunto que no se haya dicho ya. Resulta soberbio como el compositor italiano juega con el suspense y el crescendo en “The Trio”. Este tema pone música en una escena ya de por sí excelente en toda su realización. A parte del tema principal, la película tiene un leit motiv mucho más triste y melancólico, reflejo del contexto bélico de la película. Esas melodías cobran mayor fuerza en las bellas “The Story of a Soldier” e “Il forte”, acompañadas por unas escenas también memorables, aunque puedan pecar de melodramáticas.
“The Ecstasy of Gold” es seguramente de lo mejor que Morricone jamás compuso, y corona una de las escenas donde la codicia de los personajes estalla de maneras surrealistas.

En el olimpo del cine
No son pocas las veces que se ha considerado “El bueno, el feo y el malo” como uno de los títulos más influyentes del cine. El propio Quentin Tarantino la ha considerado en más de una ocasión como una de sus películas preferidas y todo un monumento al cine. Sus personajes son memorables, la música forma parte de la cultura popular y tiene imágenes para la posteridad. Además, contiene múltiples escenas que han calado muy fuerte.
Con sus westerns, Leone creó todo un modo de hacer que ahora se intenta imitar por pura nostalgia. Se trata de un cine en el que se reconcilia el espectáculo con el autor. Un cine que hace honor al mismo formato audiovisual. Un cine que hace honor al mismo arte. Cine en su estado más puro. En fin, cine.
