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La forma del agua (Guillermo del Toro, 2017)

La forma del agua (Guillermo del Toro, 2017)

La forma del agua imagen destacada
Imágenes vía 20th Century Fox
Sumario

Visual atractiva, pero con una narración demasiado pobre.

Una fábula un tanto grotesca

La nueva película de Guillermo del Toro, «La forma del agua» está a medio camino entre el cine romántico, el thriller de la Guerra Fría y el género de terror. Se trata de una de las propuestas más personales e imaginativas del director. En esta ocasión hace una fábula al más puro estilo de “La bella y la bestia”. El director mexicano tiene una larga trayectoria de películas que ha constatado su visión como realizador y sus preocupaciones. Suele moverse entre fábulas góticas, personajes inadaptados, diseños de producción de aúpa y mucha imaginería visual. Sin embargo, hay también una constante en su filmografía que se extiende desde “Hellboy” (2004) hasta “La cumbre escarlata” (2015), incluyendo la pirotécnica “Pacific Rim” (2013): sus esfuerzos para trasladar toda su creatividad a un buen guion de base.

La historia nos traslada a la Baltimore de los años 60. Ahí, seguimos la rutina diaria de una conserje muda llamada Elisa Sally Hawkins. Trabaja en un centro de investigación secreto de los Estados Unidos en plena Guerra Fría. Los grandes contrapuntos en su vida son su dicharachera compañera de trabajo Zelda Fuller (Octavia Spencer), y su afable compañero de piso Giles (Richard Jenkins), un talentoso pintor venido a menos por el boom de la fotografía. La vida de Elisa dará un giro cuando entable una relación especial con una criatura anfibia de forma humanoide (Doug Jones). Sin embargo, este se encuentra sujeto a las pruebas y experimentos dirigidos por el implacable director de la base: Richard Strickland (Michael Shannon).

Richard Jenkins y Sally Hawkins
Richard Jenkins y Sally Hawkins

Señales de autoría en La forma del agua

Del Toro parece entender muy bien el juego colorido que se supone de una fábula. Tampoco es nada nuevo. “El laberinto del fauno” (2006) es un gran ejemplo de ello, al fin y al cabo. También conoce muy bien los elementos propios de los thrillers ambientados en la Guerra Fría: la lucha por la carrera espacial, investigadores en pro del bien mayor, agentes dobles, militares americanos despiadados, etc. Todo ello está acompañado además de todo tipo de iconografía de distintos momentos de la historia del cine. A contar, las películas mudas, los musicales, o el cine de terror clásico más pulp con un diseño de la criatura muy parecida a la vista en “La mujer y el monstruo” (Jack Arnold, 1954) – ¿será su modo de demostrar su interés en el fallido universo cinematográfico de la Universal? -. De hecho, bien podría ser ésta una suerte de precuela o secuela de ella.

El director configura sus personajes como si de una cinta de animación se tratara. Les da además un giro a cada uno de ellos para otorgarles puntos diferenciadores de los estereotipos habituales. Con ello demuestra tener muy claro dónde quiere tenerlos al principio del relato y cómo quiere verlos al final. Sin embargo, no parece saber cómo llenar todo lo que hay en medio. Por desgracia, las múltiples bazas de la película se convierten en un juego de malabares que apenas puede mantener. Sus buenas intenciones se desvanecen poco a poco a medida que la historia se llena de conveniencias. Per ende, los personajes dejan de tener personalidad propia.

Michael Shannon en La forma del agua
Michael Shannon en La forma del agua

Un guion con demasiadas cosas a mejorar

Como ya viene siendo habitual en su cine, Del Toro se demuestra mejor director de producción que narrador. Ante todo el potencial de «La forma del agua«, el resultado final termina siendo una gran decepción. Al final, algunos conflictos presentados durante la narración terminan en la nada por motivos inexplicables, y muchos secundarios dejan de tener voz propia para existir únicamente con el propósito de ayudar a la protagonista a lograr su objetivo. A pesar de intentar alejarse de estereotipos, termina en maniqueísmos varios.

Desarrolla situaciones improbables, y, en su búsqueda de historia de amor entre seres incomprendidos; solo consigue dejar en evidencia a una protagonista quizás demasiado aniñada, incluso para esta historia. Aunque Del Toro tiene claros los elementos a utilizar durante la película, no parece preocupado en si todos ellos encajan correctamente. Nos pide hacer demasiados saltos de fe para aceptar lo que sucede en pantalla, y esto es algo que cuesta pasar por alto, por mucho tono naif que se le quiera dar a la película.

Imagen de La forma del agua
Imagen de La forma del agua

Las virtudes de La forma del agua

A pesar de todo, «La forma del agua» tiene varias virtudes más allá de los aspectos visuales. Empezando por su reparto. Lo cierto es que todos los actores están bien en sus papeles, sin excepción. Puede que Richard Jenkins sobresalga por encima de los demás, aunque también tiene el papel más entrañable y se trata de un actor muy carismático. Con mucha ironía, en un momento de la película subraya cómo se siente a destiempo, como si tuviera que haber nacido o bien antes o bien más tarde. Es precisamente en los pequeños momentos cuando se centra en esos personajes, al fin y al cabo, marginados o socialmente apartados que la película brilla con luz propia. Son escenas que nos habla directamente de un puñado de personas solitarias que se siente aliviadas en los instantes cuando se hacen compañía entre ellos.

Además, la película cuenta con un buen juego de luces y sombras. Es una ambientación muy adecuada con la historia presente. Existe una intención de romper con lo viejo, y tiene buenas metáforas visuales, asociadas sobretodo con el desarrollo de Elisa. Cabe destacar también la banda sonora original de Alexandre Desplat. Imbuye la película de un mayor sentido de la maravilla con unas composiciones musicales que bien pueden recordar a sus trabajos previos en la franquicia de Harry Potter.

La criatura
La criatura

Un buen ejercicio de estilo

En resumen, “La forma del agua” es un buen ejercicio de estilo que vuelve a confirmar a Del Toro como un director con ciertas ambiciones. Puede que sea incluso un gran ejercicio de estilo. Sin embargo, la cantidad de concesiones que nos pide tomar a lo largo de la película termina siendo un lastre desafortunado considerando lo impecable del envoltorio.

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