
Regreso a los orígenes
Que una saga como “Scream” haya llegado a una séptima entrega ya debería ser motivo suficiente de autoparodia para sus nuevas entregas. Tal como son las cosas, “Scream 7” ha llegado a las salas de cine, tras varios problemas detrás de las escenas que han condicionado toda su conceptualización. Kevin Williamson, uno de los máximos responsables de la franquicia junto a Wes Craven, vuelve a ella tras pasar la batuta al dúo de directores Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett en las dos entregas anteriores. En esta ocasión, no sólo se encarga del guión, sino también de su realización, en lo que significa su segundo esfuerzo como director tras la lejana “Secuestrando a la Srta. Tingle” (1999). Además de su autor, Neve Campbell regresa también en su icónico papel de Sidney Prescott, ahora de nuevo como protagonista total de la historia.
Así, la acción retoma a una Sidney asentada en su vida familiar junto a Mark Evans (Joel McHale) y su hija Tatum (Isabel May). Su vida cotidiana se verá nuevamente interrumpida ante una sucesión de asesinatos de tintes parecidos a los de su pasado.

El corazón de Scream
Craven y el propio Williamson concibieron “Scream. Vigila quién llama” (Wes Craven, 1996) como una parodia a los clichés de los slashers setenteros y ochenteros. Sin embargo, se trataba de una parodia, no desde un punto de vista bufonesco -como haría la también famosa “Scary Movie” (Keenen Ivory Wayans, 2000)-, sino desde el respeto y amor hacia el subgénero. Por eso toda la franquicia ha apostado por un tono serio y terrorífico. Uno donde la parodia se utilizaba como recurso metacinematográfico. Con ello se pretendía recalcar cómo los personajes eran conscientes de estar viviendo una película de terror, siguiendo así la lógica esperada en este tipo de historias. En posteriores secuelas, se pasó a intentar enmarcarlas en sus lugares comunes; modelándolas en torno a la situación del género en su momento de su estreno, o en la posición de la propia franquicia dentro del cine.
Aunque en “Scream 7” sigue habiendo pinceladas de ello, Williamson apuesta menos por ese tipo de discursos y se centra en cómo los traumas de Sidney afectan a su vida familiar.. La película insiste en jugar con la nostalgia, aunque en realidad quizás se busca reabrir heridas presuntamente cerradas en “Scream 3” (Wes Craven, 2000) para el personaje principal en un juego psicológico que, quizás, no funciona tan bien como le gustaría a Williamson. Un juego enfocado en intentar construir algo nuevo a partir de la destrucción de lo viejo. De este modo, ésta séptima entrega se contenta siendo un slasher tan efectivo como funcional. En cierto modo, convirtiéndose en la clase de película que la primera entrega reverenció. ¿Su punto diferenciador? Seguramente el dinamismo otorgado por las vivencias de Sidney.

Pasando la batuta
Si bien no hay nada achacable en ello, es normal que una parte de los seguidores de la franquicia queden decepcionados al ver como no se repiten los discursos fánsicos/twitteros de las dos entregas anteriores. Incluso hay una intención de acallar de golpe ese tipo de conversaciones, en un intercambio de diálogos bastante sentenciadores. Definitivamente, en ésta séptima entrega Williamson parece posicionarse de manera clara hacia donde cree que debe ir la saga Scream.
En el lado más formal, también se nota un cambio estilístico a la hora de realizar la película. Aunque a Williamson le falta la fuerza de Craven detrás de las cámaras, se le ve una intención de rodar la película con las formas del cine de terror de los 90 y primera década de los 2000. Williamson se aleja de la realización y fotografía televisiva y atropellada de los dos entregas anteriores, para acercarse al estilo de Craven. Aunque no llega a ella, se agradece ver una puesta en escena más clasicista, con todo lo que ello conlleva. Es decir, mayor profundidad de campo, mejor uso del espacio y mayores posibilidades para que los actores aprovechen distintos recursos interpretativos, más allá de lo que pueda ofrecer el rostro.
La ambientación general, conseguida por el correcto trabajo de fotografía de Ramsey Nickell, se apoya mucho en las sombras y los espacios abiertos. Gracias a ello se llega a acentuar la sensación de acecho constante, independientemente de la naturaleza del entorno. Incluso se permite guiños visuales, como ya sucediera en la primera Scream, a la imprescindible “La noche de Halloween” (John Carpenter, 1978). Así, en general, la película luce un aspecto visual simple pero cuidado.

De Scream Queens…
Otra consecuencia del cambio de responsables detrás del proyecto es la ausencia de Jenna Ortega y Melissa Barrera como las hermanas Carpenter, cuyos personajes fueron presentados en “Scream” (Matt Bettinelli-Olpin & Tyler Gillett, 2022). Si bien se abraza todo lo acontecido en las entregas número cinco y seis, el drama general tiene más bien poca relación. Siguiendo con el personaje interpretado por Neve Campbell, ahora se reemplazan los dramas adolescentes por los familiares.
Todo el arco dramático de la película gira alrededor de la unión familiar en un seno algo roto por el legado de Sidney. Isabel May sirve de reemplazo adolescente de Ortega y Barrera, en un papel intencionadamente reminiscente de la primera incursión en la franquicia de Campbell. El trabajo de la joven actriz es suficientemente bueno para hacer olvidar por un par de horas a las protagonistas de las dos entregas previas, y resulta quizás incluso mejor en su rango interpretativo.
Por su parte, Campbell le sienta bien el rol más maduro y rodado tras todos los acontecimientos vividos a lo largo de su vida. En la narración se presentan varios personajes nuevos. Desde los amigos y amigas adolescentes de la joven Tatum, a otros padres, profesores y el propio marido de Sidney. Como es habitual, vuelve el juego de suspense sobre quién puede ser el asesino en esta ocasión. La película construye buena parte de su suspense alrededor del juego de la sospecha. A estas alturas, poca duda cabe sobre la habilidad de Williamson para desarrollar este tipo de narrativa, si bien aquí no resulta igual de efectivo que en esfuerzos previos. Cuando todo está dicho y hecho, la resolución final no tiene el mismo impacto emocional visto en muchas de las entregas anteriores.

Cerrando el círculo
En resumen, lo peor de “Scream 7” es ver cómo se posiciona como un slasher más, sin ahondar en aquello que ha hecho famosa la franquicia. Una vez aceptado esto, lo que queda es una película perfectamente efectiva, disfrutable y con una lógica interna generalmente sólida.
Además, supone también un cambio de rumbo cuyas repercusiones seguramente estarán dictadas por el devenir de la taquilla mundial. Hecho que condicionará, no solamente la producción de una octava entrega, sino si se seguirán los pequeños cabos sueltos de ésta entrega, si en un futuro seguirá la historia de las hermanas Carpenter -aunque los responsables de esta historia estén comprometidos ahora con la cuarta entrega de “La momia” (Stephen Sommers, 1999)-; o, lo más probable, si ambas historias terminan confluyendo en un final de trilogía de trilogías, o lo que termine siendo la saga.
