
Un cambio de estilo
Christopher Lee, Peter Cushing, el conde Drácula, decorados de cartón piedra y terror gótico. Es posible que todo ello sea la imagen popular de la emblemática Hammer Studios. Al fin y al cabo, el estudio de cine inglés dio vida nueva a los monstruos tradicionales como el ilustre vampiro mencionado, el hombro lobo o la momia, entre otros; después de ver como la Universal los dejaba de lado, tras haber producido películas tan imprescindibles como “El doctor Frankenstein” (James Whale, 1931) o “El hombre invisible” (James Whale, 1933). Sin embargo, Hammer también desarrolló otros tipos de proyectos, a veces de géneros cinematográficos distintos. De todas ellas, “El sabor del miedo”, de Seth Holt, vuelve a ofrecer otra dosis de terror, pero una de un tono muy distinto a lo que era habitual en el estudio.
En la película, Penny Appleby (Susan Strasberg) es una joven en silla de ruedas que decide volver a la mansión donde viven sus padres. Sin embargo, una vez allí se encontrará con una situación muy diferente a la que esperaba. Una que pondrá en jaque su propia salud mental…

Díptico de cine de terror
Lo curioso de embarcarse en una producción como ésta “El sabor del miedo” es ver como en su año de estreno, 1961, coincide junto a otro título producido en UK que viviría como a rebufo de “Psicosis” (Alfred Hitchcock, 1960). Sería la también imprescindible “Suspense” (Jack Clayton, 1961), una película de terror gótico donde se lleva a su protagonista femenino al borde de la locura. Y hasta aquí llegan las comparaciones narrativas con el título dirigido por Holt. Si bien Clayton adapta el popular relato “Otra vuelta de tuerca” (Henry James, 1898), “El sabor del miedo” cuenta con un libreto original escrito por Jimmy Sangster, un nombre habitual en la Hammer. Suyos son los guiones de “Drácula” (Terence Fisher, 1958), “La venganza de Frankenstein” (Terence Fisher, 1958) o “La momia” (Terence Fisher, 1959). También la dirección de “Miedo en la noche” (1972).
En “El sabor del miedo” Sangster aprovecha los ajustadísimos 82 minutos de metraje para desarrolla un interesante thriller psicológico lleno de intriga. Durante ese tiempo presenta a sus escasos personajes, desarrollar varias escenas memorables y juega con varios giros argumentales que, todo sea dicho, algunos pueden pecar de ser algo tramposos. Todo en pos de conseguir mover en el espectador dos sentimientos: el miedo y la sorpresa. Dependerá de cada uno dejarse llevar por toda la intriga para que les entre mejor o peor los múltiples giros que depara el guión.

La forma del miedo
En conjunto, la historia es tan simple y directa, como efectiva. En su breve duración, y condición de terror psicológico, sin mayores preocupaciones dramáticas, la narrativa funciona bien. Es seguramente el envoltorio audiovisual lo que eleva la película como la joya que finalmente es. El trabajo atmosférico otorgado por Holt se ve ensalzado por la excelente fotografía de Douglas Slocombe. Recordemos que más tarde trabajaría con Steven Spielberg en “En busca del arca perdida” (1981) y sus dos siguientes secuelas. Ya desde los primeros planos exteriores se percibe un acabado visual digno de mención, y la película no ha hecho más que empezar. Las composiciones son precisas, los planos lucen buena profundidad de campo, y se juega con los contrastes y las sombras. Hay un puñado de escenas nocturnas en la mansión donde todo ello repercute en la construcción de secuencias de lo más inquietantes.
A pesar del cambio de escenario -la acción ya no transcurre en época victoriana o pasados remotos, si no en una mansión moderna en la fecha de su producción- el diseño de producción de Bernard Robinson luce igual de bien gracias al empeño en decorar la mansión detalladamente, con todo tipos de objetos ostentosos: columnas, bustos, plantas, entre muchas otras cosas. Dicho concepto aparatoso se traslada al jardín y exterior de la mansión, llenándolo de elementos de atrezzo que sirven, en las escenas nocturnas, para jugar con el contraste, las sombras, la oscuridad y todo lo que pueda acechar en ella.

Monstruos interiores
Jimmy Sangster escribió y dirigió posteriormente otro título parecido: “Miedo en la noche” (1972). Otra propuesta de terror británico abanderada por la Hammer, cuya narración tiene lugar en la campiña inglesa de su momento de estreno. Como en “El sabor del miedo”, se vuelve a jugar con el suspense, la paranoia y la caída a la locura de su protagonista. En su caso, una Judy Geeson victimizada por el contexto. En contraste con otros títulos de la Hammer, la coincidencia de ambos títulos firmados por Sangster es ver como entiende el concepto de monstruo: ya no habla de criaturas fantásticas, si no de la avaricia humana y de la paranoia.
Los “monstruos” que acosan a la protagonista son los fantasmas que tiene en su cabeza, manipulados por terceras partes que ansían hacer daño por motivos egoístas. Puede interpretarse como un cambio de paradigma reflejo de la moda del thriller psicológico vivida a comienzos de los años sesenta, a raíz del éxito de la mencionada “Psicosis”, o una simple diversificación de propuestas dentro del estudio como sucediera, más o menos, unos años antes con “El perro de Baskerville” (Terence Fisher, 1959).

Al servicio del suspense
La película goza de un reparto de lo más reducido. Los pocos secundarios, a contar Ronald Lewis como el chofer de la familia, Jane Appleby (Ann Todd) como la madrastra de Susan, y Christopher Lee como el médico de la familia, en un reducido papel secundario que, sin embargo, será crucial para el devenir de todo. Siguiendo el estilo narrativo original, los personajes carecen de mucha profundidad, limitándose a cumplir sus funciones para seguir desarrollando la historia. Lo mismo se puede decir de la mayoría del reparto.
Strasberg sería quien destaca más. No tanto por ser la protagonista, sino porque es su trabajo interpretando la caída hacia la locura lo que hace que el conflicto principal y, por ende, la película, funcione así de bien. La actriz hace muy creíble la sensación de paranoia y desasosiego, llenando seguramente algunos huecos dramáticos que el guión, por su naturaleza, no termina de tener.

Joyas ocultas
El tiempo siempre pone las cosas en su lugar. Dentro de los estrenos anuales, los títulos más recordados suelen ser los clásicos más atemporales. Ya sea por tratarse de superproducciones, éxitos de grandes directores, o ganadores de premios importantes. Así, el tiempo suele reivindicar otros títulos “tapados” por aquellos, surgiendo como clásicos de género o por filmografías menos convencionales pero igual de interesantes.
Más que una simple rareza dentro de la Hammer, “El sabor del miedo” demuestra que el estudio era capaz de trasladar el miedo de los monstruos clásicos y toda su iconografía a la mente de sus propios personajes. Así, merece ser considerada un clásico del cine de intriga y de terror. Una propuesta muy de género. Elevada por todo su equipo técnico, y la condición de rara avis dentro de la extensa lista de producciones que la Hammer creó hasta que cerró sus puertas el año 1979.
