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Crítica de Avatar Aang: El último maestro del aire (2026): recuperando viejas tradiciones

18/08/2026
Aang en una escena de "Avatar Aang: El último maestro del aire"

El regreso de un conocimiento

El cine de animación vivió un antes y un después hace ahora tres décadas con el estreno de “Toy Story” (John Lasseter, 1995). Propulsó una nueva época de animación, acelerando el paso de las técnicas tradicionales hechas a mano hacia una producción puramente digital mediante ordenadores. Sin que una técnica sea necesariamente mejor que la otra, el público respondió tan positivamente a las posibilidades del nuevo medio que los estudios fueron apostando cada vez más por el 3D, dejando de lado progresivamente las grandes producciones animadas tradicionales. Este cambio se hizo patente cuando Disney, el gran estudio de animación occidental por antonomasia, decidió asentarse de manera definitiva en la nueva ola computerizada a partir de la primera década de los 2000. Quizás por eso resulta tan refrescante ahora una propuesta como esta “Avatar Aang: El último maestro del aire”, dirigida por Lauren Montgomery.

Una película que surge como secuela de la serie de animación “Avatar: La leyenda de Aang” (Michael Dante DiMartino & Bryan Konietzko, 2005-08) y de precuela de “La leyenda de Korra” (Michael Dante DiMartino & Bryan Konietzko, 2012-15); otra serie ambientada en el mismo universo. Tanto Dante DiMartino como Konietzko se responsabilizan de la supervisión de la película, junto a Montgomery y el guionista Kenneth Lin.

En ella, Aang (voz de Eric Nam) es el último reducto de una cultura extinguida décadas atrás como consecuencia de las atrocidades de una guerra que duró cien años. En su esfuerzo por conservar todo el conocimiento relacionado con su cultura, dará con un poder ancestral que podría ayudar a salvar a su pueblo del olvido.

Katara utilizando sus poderes de control del agua
Katara se enfrenta a un enemigo utilizando sus poderes de control del agua.

Cine animado de otra época

Antes de nada, cabe contextualizar el estado actual de la animación tradicional. Aunque el cine estadounidense le haya dado la espalda a favor del 3D, ha habido muchas producciones estimables en otros países. Algunas de ellas, obras maestras. Japón se ha nutrido de estudios de animación como la inmortal Ghibli -”El viento se levanta” (Hayao Miyazaki, 2013). También de otros cineastas como Satoshi Kon -”Paprika” (2006)- o Mamoru Hosoda -”El niño y la bestia” (2015). Por otra parte, Francia tiene una destacable industria de cine de animación tradicional. Allí estarían películas como “El ilusionista” (Sylvain Chomet, 2010), “Ernest & Célestine” (Benjamin Renner, Stéphane Aubier & Vincent Patar, 2012) o “Arco” (Ugo Bienvenu, 2025). Sin olvidar producciones de otros países como la muy estimable “El artista de cristal (The Glassworker)” (Usman Riaz, 2024).

Lo que quizás se haya echado de menos es ver auténticas superproducciones de animación tradicional. Sin desmerecer auténticas joyas de la animación 3D como “Los increíbles” (Brad Bird, 2004) o “Cómo entrenar a tu dragón” (Dean DeBlois & Chris Sanders, 2010), es posible que “Atlantis: El imperio perdido” (Gary Trousdale & Kirk Wise, 2001) y “El planeta del tesoro” (John Musker & Ron Clements, 2002) sean las últimas grandes producciones animadas como las de antaño: películas enfocadas en aprovechar el medio para narrar aventuras cuya emoción radica más en la acción que en los conflictos personales. Ambas fueron, además, de las últimas producciones realizadas por la compañía del ratón con la artesanía que la vio nacer.

Avatar Aang: El último maestro del aire” entraría en las coordenadas de estas dos últimas mencionadas.

Aang y sus compañeros viajan sobre Appa por un paisaje montañoso
Aang y sus compañeros recorren un paisaje fantástico a lomos de Appa.

El placer de la aventura

La premisa de las series originales presenta un mundo dividido en distintas naciones: la del agua, la de la tierra, la del fuego y la prácticamente extinta nación del aire, de la que Aang es su último exponente. Algunos habitantes de cada región tienen la capacidad de controlar el elemento que los representa. En este contexto, la figura del Avatar es la única capaz de controlarlos todos, erigiéndose como una figura mística protectora de la paz y del orden.

La narrativa de “Avatar Aang: El último maestro del aire” gira alrededor de la aventura que vive Aang en busca de un poder ancestral con el potencial de dar nueva vida a su cultura. Para ello contará con la ayuda de sus allegados: los hermanos Katara (voz de Jessica Matten) y Sokka (voz de Román Zaragoza) de la Tribu del Agua, la Maestra de la Tierra Toph Beifong (voz de Dionne Quan) y el Señor del Fuego Zuko (voz de Steven Yeun).

El sentido de aventura y de sense of wonder de un mundo fantástico como este se junta con una acción in crescendo. Ello culmina en un clímax final donde la pirotecnia se convierte en el motor de la narrativa.

Aang junto a Katara, Sokka y Zuko en Avatar Aang: El último maestro del aire
Aang junto a sus compañeros de viaje en Avatar Aang: El último maestro del aire.

Cuando la animación cobra vida

Así, el despliegue animado se pone al servicio de todo lo expuesto. Los elementos en pantalla se mueven con gran fluidez, desde las escenas de acción hasta las expresiones de los personajes, pasando por los paisajes y los sitios visitados por ellos. Además, cabe mencionar la excelente labor de dirección de Lauren Montgomery. A lo largo de la narración se buscan ángulos visuales diversos, hay variedad en las composiciones y en muchos momentos se utiliza la profundidad de campo y los puntos de fuga de un modo que remite al mejor cine clásico.

La imagen se ve mejorada por el buen trabajo de fotografía de Damon O’Beirne y el uso de una paleta de colores con la que se crean imágenes de lo más bonitas. Se trata de un esfuerzo en equipo en busca de aprovechar al máximo las posibilidades del medio, si bien no se reniega del todo del 3D al utilizarlo en algunos momentos muy puntuales. Todo ello redunda en un apartado visual simplemente apabullante.

Además, la película ofrece un uso creativo de los poderes elementales, que quizás alcanzan su mayor expresividad en las distintas escenas de acción del metraje. Las series originales se apoyaban en distintas escuelas de artes marciales como el Tai Chi o el Kung Fu para coreografiar sus peleas. Era la combinación de artes físicas con poderes fantásticos la que ofrecía un tipo de espectáculo único y sorprendente. La película recupera esta faceta de la serie, pese a que, hacia el final, se busque ofrecer un espectáculo más digno de animes como “Dragon Ball Super: Broly” (Tatsuya Nagamine, 2018) o cualquier película parecida, tanto por la escala de lo bélico como por un uso de la imagen demasiado exagerado.

Aang en primer plano junto a Tagah en Avatar Aang: El último maestro del aire
Aang y Tagah en una escena de Avatar Aang: El último maestro del aire.

El corazón de un nómada

Aparte de ese final quizás excesivo, seguramente también se puede cuestionar si no hubiera sido recomendable dedicar algunos minutos más al conflicto personal de Aang. La serie original ya había tratado temas como la responsabilidad, la madurez, las heridas de una guerra o el genocidio. Son temas desarrollados a lo largo de 61 capítulos. Sin poder esperar algo parecido en un largometraje de poco más de 90 minutos, la escala del dilema del personaje realmente no está a la altura del tratamiento finalmente recibido. Se da la información necesaria para que sea entendible, para conectar con la razón de ser de la aventurilla y para crear un paralelismo con el otro gran secundario de la película: el enigmático Tagah (voz de Dave Bautista).

Como ya se ha apuntado, los responsables de “Avatar Aang: El último maestro del aire” prefieren utilizar esas ideas para desarrollar esta aventura llena de acción antes que para profundizar en unas heridas todavía no cerradas. Por muy grande que sea la escala del conflicto, lo cierto es que, al final de todo, se prima crear un buen espectáculo audiovisual para entretener al espectador. Todo ello acompañado además de un grupo de personajes carismáticos, pese a ser casi imprescindible haber visto la serie original para disfrutar plenamente de ellos.

Aang en estado Avatar en Avatar Aang: El último maestro del aire
Aang alcanza el estado Avatar en una escena de Avatar Aang: El último maestro del aire.

Una cuestión de elección

En un contexto cultural donde las franquicias mueven ingentes cantidades de dinero, la franquicia relacionada con “Avatar: La leyenda de Aang” se puede considerar de nicho. Concebida originalmente como un estreno en cines -seguramente de ahí proviene la calidad de la animación-, Paramount decidió pocos meses antes de su estreno lanzar “Avatar Aang: El último maestro del aire” directamente en streaming. Por si no fuera poco, la película fue filtrada por internet poco después del cambio de planes. Si a esto añadimos otro caso reciente, como el de “Coyote vs Acme” (Dave Green, 2026), título que estuvo a punto de desaparecer por decisión de Warner para reducir impuestos en sus balances antes de ser rescatado, seguramente debido al clamor popular a través de internet, se puede hacer un discurso sobre cómo la animación tradicional parece condenada por parte de los (¿otrora?) grandes estudios americanos.

Aunque la animación se suele considerar un género cinematográfico más (gracias, irónicamente, a Disney), lo cierto es que se trata, junto a la imagen real, de un medio disponible para narrar una historia. Y debería corresponder al director decidir cómo desarrollarla. En el caso de ser una producción animada, lo suyo sería escoger la animación 2D o 3D en función de las necesidades del proyecto o de la visión de sus creadores… La decisión de Disney de dar el salto al 3D posiblemente terminó siendo el principio del fin para la animación 2D en películas mainstream americanas.

Que haya sido precisamente una franquicia como esta la responsable de recuperar la gloria del pasado, parece indicar que, cuando existe voluntad de recuperar ese lenguaje, sigue siendo perfectamente capaz de sostener una gran producción. Todo es cuestión de dar una oportunidad al medio, en lugar de caer en decisiones industriales condicionadas por tendencias estéticas del zeitgeist del momento.